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Patricia B. Bustos Psicoanalista /Coordinadora de grupos terapeúticos/ Prof. Enseñanza Común y diferencial / Mediadora Judicial / Voluntaria y Socia Activa de Mèdicos del Mundo

martes, 8 de septiembre de 2009

Enseñanzas del Zorro al Principito

El Principito
El Principito se encontró con el zorro y quiso jugar con él. "—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—. No estoy domesticado."
El Principito le preguntó qué era eso de estar domesticado. "
—Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa 'crear lazos'." "—¿Crear lazos?" "—Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo..."
Esta es la lección del zorro. Conviene revisarla, meditarla. Ser amigos es crear lazos. Lazo es lo que nos une. Lazo es una dependencia entre nosotros. A través de la convivencia uno se domestica, se hace cercano al otro, y de ese modo el otro se le vuelve necesario. Si no, el otro es uno entre millones. Para que sea algo relativo a mí, tiene que ser distinto, pero enlazado conmigo, y a través de ese lazo. Al casamiento, la sabiduría del lenguaje lo llama "enlace".
Escuchen al zorro:
"—Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol.
Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música."
Ser amigos es tener algo en común. Eso en común no es, imaginemos, tener los mismos gustos, amar la misma música, gustar de idénticos manjares. Eso es mera coincidencia.
Común es lo que construimos juntos, en nuestros lazos, en el mundo que no es ni mío ni tuyo sino de los dos. Eso me liga a ti, ese hacernos entre nosotros. Crecer juntos. Entonces uno no hace lo que mejor le parece, sino que limita ese egoísmo de "tengo ganas" y lo cambia por "lo mejor para ti y para mí, para nosotros". Límites, limitarse dentro de los lazos y domesticarse unos con otros, si es que queremos querernos, claro está.
Claro que, sigue explicando el zorro, para domesticar, que es convivir, para conocer, es decir, hacer algo en conjunto, para ello se necesita tiempo. "
—Sólo se conocen las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada.
Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
" El Principito está ansioso por tener un amigo, por domesticar, domesticarse. Le pregunta al zorro cómo se hace.
El zorro le enseña:
"—Hay que ser muy paciente —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca..." No es hablando que se hacen amigos. Atiendan a la filosofía de la lengua: Se HACEN amigos...
No basta con sentir que me eres simpático. Debo hacerte, hacerme, debemos hacernos amigos. Es un trabajo, es un mundo que a medida que lo construimos lo compartimos, y eso nos comunica.
Es conviviendo. De lejos, y un poquito, cada vez más, de cerca.
Mirándose. Haciéndose próximo el uno del otro para trazarse un lazo, una relación, una recíproca dependencia.
Elegir una novia, elegir un amigo, elegir tener hijos, es elegir un lazo, una dependencia.
El sentimiento es libre. El enamoramiento es libre. Nadie puede dictarte qué emoción ha de cursar tu pecho. Pero cuando lo pones en acción, cuando decides a partir de ahí establecer una relación, eliges el lazo, el límite, la dependencia. Inviertes en ello tu libertad.
La libertad es para elegir, para invertirla en lazos.
Amor es disciplina
Sentir no requiere disciplina. Es un estallido.
—¡Me gusta!
—¡Me enloquece! Siento un calor en el cuello, en el cuerpo...
Espontaneidad. Una flor que se abre y te llena de su color, de su olor.
Luego, si quieres conservarla, si deseas hacer del sentimiento una propuesta de con-vivencia... aparece la disciplina.
El zorro propone la disciplina, que como la palabra discípulo, de la misma raíz, indica aprendizaje con otro.
Vivir es aprender a vivir... contigo. Requiere, por lo tanto, de disciplina.
El zorro le dice al Principito que, si ha de visitarlo...
"—Hubiese sido mejor venir a la misma hora —dijo el zorro—. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres... Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios."
La hora, el modo, el cómo, el cuándo. Estos son ritos. Sin ritos no hay lazos. —Quizá no lo sepas, hijo mío, pero cuando beses a tu novia, cumplirás un rito. Algo que uno espera del otro.
Cómo hacer para que una rosa sea tu rosa
El Principito tiene una rosa en la mano.
Ahora se da cuenta de que esa rosa, que era como todas las rosas, no es como todas las rosas.
Porque esa rosa se acomodó a su mano, y su mano a esa rosa, y así es como se pertenecen recíprocamente. Se domesticó, se domesticaron el uno al otro.
Luego el zorro se despide y expresa:
"—Adiós. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
" ¿Y qué es lo esencial? "
—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
" La lección concluye con esta cima de la reflexión:
"Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
" Una relación es un lazo, es una dependencia. Un amor es una responsabilidad.
Y lo que crece entre nosotros, de ese modo, no es visible a los ojos; solamente el corazón lo percibe. Te amo porque eres tú, ese tú que se modeló en el nosotros, como este yo.
No es, el amor, ese chorro caliente de sentimiento que brota del alma.
En todo caso esa efusión mística y cósmica del amor está dentro del lazo, expresada por él, manifestada en la conducta de responsabilidad recíproca por el hacernos recíprocos.
No eres mi hijo porque yo te haya procreado. Eres mi hijo porque luego de haber nacido te fui haciendo, me fuiste haciendo, nos hicimos en la relación padre-hijo, hijo-padre, nos en-lazamos. Buber decía: "Cuando se sabe por qué se ama, es que ya no se ama".
El corazón no sabe; siente, vibra, porque está implicado en el corazón del otro a través de la vida con-vivida.
—La libertad, hijo mío, madura y produce el fruto de una elección. Elegir es responder por lo elegido. Cuando libertad, elección, responsabilidad coinciden, se da eso que los poetas llaman felicidad.
El camino demarcado orienta tu libertad, no la doblega
La ruta delineada,
demarcada, es un orden. El lazo, la relación, la más profunda, es un ordenamiento recíproco. Te espero, me llamas, nos encontramos. Nos vamos armando en nuestras propias e íntimas y privadas rutinas, es decir códigos rituales, para poder expresar justamente eso que es invisible a los ojos.
De la misma manera, la ruta no ha de ser ruta a menos que esté demarcada con rayas visibles a los costados, con señales, con carteles indicadores.
Todo ello te orienta, no te fuerza. Da lugar a la libertad. Luego eliges el objetivo, el camino dentro de la ruta, la velocidad, la música, el silencio.
Ni sabes qué elegirás, con precisión. Tienes una idea, una vaga idea, pero no puedes prever las ocurrencias, eso que le sale a uno al encuentro y lo desvía de la idea primigenia.
Es la aventura.
Esta es la realidad: aventura y orden, orden y aventura, que decía el poeta Apollinaire. La aventura es lo creativo, lo impredecible, pero el orden la sostiene. La aventura es un cuadro de Dalí. No obstante, el genio tenía un orden, una disciplina, límites y reglas para pintar, y para desplegar, sobre ese sustento, su fantasía onírica y surrealista.
Sistema, poeta, sistema
Querer es una aventura, es tener miedo de perder, de ser perdido.
La aventura sucede aquí entre nosotros, en los pasos más cotidianos. No hay que ir a la selva ni internarse en territorios desconocidos.
¿Para qué? ¿Conoces algo más desconocido que yo, que yo y tú, que tú, yo, nuestros hijos? ¿Conoces una aventura mayor que un encuentro, aun con gente conocida, y en el cual, aparentemente, nada nuevo ha de suceder?
El orden es el de las normas, las fronteras, los límites; el orden es el sistema de las ideas y de las creencias en que una sociedad crece y sobre las cuales opera en cuanto a los fines de la existencia.
Ortega, no me canso de citarlo, enseñaba que no hay tela genial que no esté enmarcada. El marco no vale nada, pero sin él la tela no puede ser exhibida, disfrutada.
—Los límites, hijo mío, las normas de conducta, no son lo esencial, pero son aquello intrascendente, como el marco, que permite que lo esencial, tu creatividad, pueda patentizarse.
El orden es el modo, estilo, manera, costumbres, que manejaremos para concordar nuestro deseado encuentro —ir al cine, por ejemplo— y para conducirnos durante el encuentro. Luego, todo lo que suceda en el encuentro es aventura, espontaneidad pura. Aventura, gracias al orden.
Orden es a tal hora hay recreos en el colegio. Aventura, lo que suceda entre los niños durante el recreo.
Hay orden en la ciencia, hay orden en la religión, hay orden de composición y de combinación de colores, tonalidades, sombras, líneas en el mundo de las artes plásticas, hay orden en el aprendizaje de las teclas del piano.
Sobre ese orden se construye la aventura que es la creatividad, la fluencia de las potencias disidentes que hay en cada cual.
Frente al orden clásico compuso Schoenberg un nuevo orden, la revolución de su sistema dodecafónico. Sobre el orden clásico, produjeron los cubistas la revolución de sus delirios hermosos.
Pero hay algo que sigue conectando, a pesar de todas las rupturas con el pasado, a Dalí con Leonardo, a Leonardo con el Giotto, al Giotto con los que decoraron las cuevas de Altamira.
Eso permite justamente la continuidad y que se pueda hablar de arte como de algo transpersonal que incluye a todas las personas, géneros, subversiones y que, sin embargo, está más allá de ellas, porque todas ellas, aun en su mayor subversión y rebeldía, están sujetas a ese orden y lo usan, si lo usan, para lograr sus objetivos iconoclastas.
—Esos son los límites, hijo mío. En tu vida privada, en tus relaciones humanas, en el estudio, en el trabajo, en la calle, en tu casa, en el extranjero, con tu novia, con el hombre que viaja a tu lado en el colectivo.
Y ese orden termina siendo siempre orden moral, es decir constitución de unas costumbres (mores en latín significa costumbres, y de ahí el término "moral adoptadas por un grupo social, por un sector de la humanidad, en este caso nosotros, los de Occidente, y que refleja nuestras creencias, nuestros valores. Incluso, cabe recordar, algo tan libre como la poesía necesita de un orden, de un sistema, como decía León Felipe:
"Sistema, poeta, sistema. Empieza por contar las piedras, luego contarás las estrellas." (Antoine de Saint-Exupery)